Sofia Basto Riousse es una artista colombo-francesa radicada en Dubái desde 2015.

Exabogada que cambió los códigos legales por la poesía visual, su práctica gira en torno al ejercicio contemplativo de encontrar trascendencia en lo cotidiano. A través de naturalezas muertas con frutas de mercado, objetos domésticos bordados y estudios en acuarela de flores marchitas, eleva lo efímero del día a día en meditaciones sobre el tiempo, el lugar y el sentido de pertenencia.

Trabajando entre murales, caligrafía y pintura mixta, Basto Riousse emplea materiales orgánicos —pigmentos minerales, hilos, botánicos tropicales— para tender puentes entre su infancia andina y su entorno actual en el desierto. Un cuenco de lulos se convierte en una reliquia; una mancha de café bordada traza la memoria; una repisa con hierbas en macetas se transforma en un bosque sagrado. Estas escenas silenciosas, a menudo cargadas de yuxtaposiciones surrealistas, invitan al espectador a reconsiderar sus propios rituales diarios como espacios de asombro íntimo.

Su obra ha sido expuesta internacionalmente, manteniendo siempre un diálogo con los paisajes que la formaron: los trópicos colombianos donde presenció por primera vez la alquimia lenta de la naturaleza, las calles parisinas donde estudió las coreografías de la luz, y ahora los Emiratos, donde las arenas cambiantes reflejan su continua exploración de la impermanencia.

“Pinto como se cuidan las plantas: con la certeza de que lo ordinario, al observarse de cerca, revela su estructura extraordinaria.

**Keywords:** Tropistalgia, botanical surrealism, feminine ecology, migratory landscapes, ancestral memory, sacred mundane.
Arraigada en lo salvaje, cultivada con intención.
— Sofia Basto

Mi trabajo es una exploración de lo sagrado dentro de lo ordinario, una oda a la belleza cotidiana que a menudo pasa desapercibida. A través de la pintura, el bordado y el medio mixto, entretejo elementos botánicos, la feminidad y la memoria ancestral arraigada en Colombia para crear un lenguaje visual que habla de pertenencia, nostalgia y el profundo entrelazamiento entre los seres humanos y la naturaleza.

Arraigada en el trópico pero moldeada por un sentido de lugar en constante cambio, mi práctica es una meditación sobre cómo la geografía impregna nuestra percepción del ser. Los paisajes que he cruzado durante los últimos 20 años —densas selvas en el sudeste asiático, jardines europeos meticulosamente cuidados y el vasto silencio del desierto del Golfo Arábigo— han dejado su huella, no solo como telones de fondo sino como fuerzas activas que moldean la percepción. En contraste con la abundancia húmeda de mis orígenes geográficos, donde el verde estalla en olas implacables, he aprendido a ver la poesía en la moderación: la paleta simplificada de las ramas invernales, la forma en que la luz del desierto convierte la arena en oro al atardecer. Estos encuentros viven en mi trabajo como silenciosas negociaciones entre la memoria y la adaptación, entre la flora en la que nací y los ecosistemas que he recorrido.

El mundo natural posee una esencia profundamente femenina. La Pacha Mama —el concepto quechua de la Madre Tierra— se encuentra en el corazón de mi lenguaje visual. El acto de cuidar las plantas, tradicionalmente confiado a las mujeres de mi familia andina, refleja mi propio proceso creativo: un cultivo lento y deliberado de vida y significado. Mis pinturas fusionan lo humano y lo botánico, cuestionando la jerarquía asumida entre las especies. Estas yuxtaposiciones disuelven las fronteras entre lo cultivado y lo salvaje, lo nativo y lo extranjero, el yo y el paisaje.

Mi práctica honra la «naturaleza muerta» no como un cuadro congelado, sino como una crónica de lo efímero. Me atrae la poesía involuntaria de los objetos suspendidos en la transitoriedad: un frasco de agua medio lleno y olvidado, una flor marchitándose en un jarrón, frutas en los pasillos de un supermercado. Estos momentos —fugaces pero cargados con el residuo del tacto humano— son arqueologías de lo cotidiano, donde lo mundano se convierte en un contenedor para la memoria. A diferencia de la «nature morte» francesa, que se obsesiona con la decadencia, yo busco la persistencia silenciosa que vibra bajo las superficies. A través de capas de texturas de acrílico y bordado, transformo estas escenas en algo táctil, como si los objetos mismos pudieran susurrar historias de las manos que los sostuvieron, los espacios que ocuparon brevemente y la luz que suavizó sus bordes. Aquí, la quietud no es pasividad; es resistencia contra el olvido de aquello que consideramos desechable.

Mis paisajes no son escapadas idílicas, sino geografías vivas donde la memoria y la resistencia se entrelazan. En ellos, la «Musa paradisiaca» (la flor del plátano) emerge como sobreviviente y narradora. Sus brácteas violetas y arquitectónicas se elevan de tierras cicatrizadas por ciclos de cosecha y abandono. Esta planta, ligada a la violencia colonial de las «repúblicas bananeras», no es exotizada; es un testigo. Pinto sus formas en espiral y sus hojas deshilachadas con pigmentos mezclados con tierra, incrustando el rastro de la historia en cada trazo.

En cuanto a la técnica, mi proceso ha sido empírico, paciente y muy basado en el ensayo y error. Trabajo principalmente con acrílico, acuarelas y textiles, permitiendo que los materiales me guíen tanto como los conceptos. Un tratamiento riguroso de la luz, la colorimetría y la atención a los sujetos orgánicos dominan mis composiciones, inclinándose hacia lo surrealista para alterar lo familiar y revelar su magia oculta. Enredaderas que brotan de conchas marinas, partes del cuerpo que se mezclan con una selva; reflejando cómo los lugares se superponen en la mente mucho tiempo después de haberlos dejado.

En última instancia, mi práctica artística es un acto de reverencia: por la tierra, el pasado y los rituales silenciosos que nos sostienen. Es un llamado a mirar más de cerca, a encontrar lo extraordinario en lo mundano y a recordar que no estamos separados de la naturaleza, sino tejidos en su tapiz infinito y en constante evolución.

Declaración del artista

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